Un poderoso viajero pasa de cuerpo en cuerpo sin hacer excepciones, sonríe ante cada conquista y deja como recuerdo una espléndida poesía geométrica. Si el ébola tuviera rostro, sería de un tono púrpura, con cintas amarillas mortales y puntos naranjas por mejillas. Si la gripe tuviera rostro, sería en parte verde, con ojos negros conectados al abismo. Si la fiebre amarilla tuviera rostro, sería sin duda amarillo mostaza con manchas marrones, sumergiéndose una y otra vez en un silencio azul infinito.
El arte abstracto de David Manley se articula en series de obras relacionadas que abordan temas muy diversos. La colección «Deadly Delicious» revela la belleza que aparece al observar virus peligrosos con el microscopio electrónico y subvierte esas imágenes mediante óleos, acuarelas y dibujos al carboncillo. Otras series exploran fotográficamente el paisaje y las preocupaciones medioambientales: muestran un pueblo o una ciudad, pero retratan en realidad el espíritu del lugar.
De una forma casi mágica, este artista encuentra el equilibrio para gobernar un mundo caótico. Revela belleza en patrones dispersos e invisibles a simple vista, incorpora la poesía como un germen inyectado en las venas de sus piezas y crea arte a partir de nociones extrañas: en sus manos, el miedo a la enfermedad se convierte en perfección disfrazada. Todo lo que habita en los márgenes del tiempo necesita, de algún modo, una definición, ya sea una música lenta, un valle al atardecer o el final agridulce de una despedida.