Todo comenzó con un querubín de papel maché a la venta en una tienda francesa de arte y decoración: una referencia kitsch a las dos figuras secundarias que aparecen en la parte inferior de «La Madonna de San Sisto», de Rafael Sanzio. Una de las cualidades de ese cuadro es que la Madre y el Niño parecen mirar al infinito, mientras los dos querubines de abajo contemplan la escena con despreocupación.
Al encontrar inesperadamente aquella burda referencia a una imagen popular del arte renacentista, se despertó en mí algo relacionado con la representación de una mirada que va más allá del marco. Hasta entonces, gran parte de mi obra había girado en torno a mirar hacia dentro, y pensé en los espejos. Ante un espejo miramos hacia una superficie que refleja la luz y encontramos una imagen aislada que mira hacia fuera, devolviendo la mirada al observador original. Evidentemente, aquí se produce un intercambio entre el yo y la imagen del «yo». Construimos la necesidad de que exista un espacio tridimensional donde pueda ocurrir esta experiencia y, sí, aquel querubín kitsch de papel maché y tres dimensiones encajaría perfectamente en él.
La idea original era hacer simplemente una caja que contuviera un espejo de cristal, con el querubín en la base. La rodearía un marco relativamente grande, cubierto de tiras de papel marrón con las palabras «Do you see myself?» («¿Ves mi propio yo?») impresas. La idea habría quedado clara, pero la experiencia de mirar habría resultado muy aburrida. Lo evidente era trasladar esa idea textual a las propias superficies de los espejos y, por supuesto, una pregunta debía ir seguida de una respuesta. Como ocurre con una imagen especular, el sujeto y el objeto de la frase podían intercambiarse para reflejar la pregunta y la respuesta originales. La secuencia resultante de cuatro frases podía invertirse y volver a intercambiarse antes de regresar a la proposición inicial:
¿Ves mi propio yo? Veo tu propio yo. Ves mi propio yo, ¿veo tu propio yo?
Ves mi propio yo, ¿veo tu propio yo? ¿Ves mi propio yo? Veo tu propio yo.
También resultaba apropiado repetir el ejercicio en francés, para la familia y los amigos, permitiendo así mirar a través de una lengua para adentrarse en otra y atravesarla. Traducir lo que uno entiende que está viendo también pasa a formar parte de esta experiencia de observación. Toda esa actividad mental y, mientras tanto, nuestro pequeño querubín kitsch sigue mirando al infinito.