Documentos reducidos a pasta de papel, las cifras del 1 al 9 y varios ceros de forma cuadrada constituyen la materia de esta obra.
Esta vez, los documentos recompuestos en las nueve placas de papel hecho a mano sí contenían números originalmente: literalmente, decenas de miles. Esos registros eran el resultado de casi quince años de laboriosa contabilidad, realizada en su mayor parte por mí.
Al imaginar mi jubilación a los 65 años, tras una larga y satisfactoria carrera en la enseñanza artística, pensé que llevar una tienda de música sería un pasatiempo agradable, dada mi afición a los instrumentos musicales. Poco imaginaba que, a los treinta y un años, estaría haciendo precisamente eso, jugándome lo que consideraba mi «última carta» para ganarme la vida. La idea era conseguir suficiente dinero e independencia para retirarme con el tiempo del «comercio» y volver al mundo del arte. En la primavera de 1993, así ocurrió: mi «última» tirada de dados había durado algo menos de quince años.
Había puesto mucha esperanza, entusiasmo y cuidado en crear aquella tienda de música y, cuando llegó el final, no había demasiado que mostrar como fruto de mis esfuerzos. Aquellos quince años habían sido divertidos, pero quedaba poco del negocio del número 30 de College Green, en Bristol. Al igual que la correspondencia generada por mi divorcio, los años en el comercio habían producido una enorme cantidad de documentos en papel, ninguno de ellos con valor una vez cerrado formalmente el negocio.
En todo aquel papel que ya no quería conservar había años de emociones, registros de los éxitos y fracasos de un negocio modesto. Toda la aventura se había concebido como la «gran oportunidad»: sus documentos debían tener algún futuro. Tras vender la tienda de música, dejé Bristol después de vivir allí veinticinco años y me encontré de nuevo en un entorno artístico, de vuelta en las Midlands Orientales. En Loughborough College of Art tuve la oportunidad de utilizar una máquina para hacer pasta de papel, y disponía de cajas y cajas de materia prima. ¡Había muchos números que reducir!
La obra original se creó en 1995 con algunos restos materiales del número 30 de College Green y se expuso en su momento. Quizá significara mucho para el artista, pero sin duda dejó fríos a muchos espectadores. Diez años después, pensé que un poco de luz de color animaría la introspección de aquellos recuerdos compactados. En 2005 añadí tubos de neón y la austeridad del objeto original dio paso a algo bastante más alegre, aunque todavía no estaba del todo logrado.
En 2009 añadí colores pintados del espectro a los nueve paneles de papel hecho a mano, dando lugar a la versión final. Et voilà.