«La tendencia de todo lo bello y perfecto a desaparecer puede, como sabemos, suscitar dos impulsos distintos en la mente. Uno conduce al doloroso desánimo del joven poeta; el otro, a rebelarse contra ese hecho. ¡No! Es imposible que toda esa belleza de la naturaleza y del arte, del mundo de nuestras sensaciones y del mundo exterior, vaya a desvanecerse realmente en la nada. Creerlo sería demasiado absurdo y presuntuoso. De un modo u otro, esa belleza debe poder perdurar y escapar a todas las fuerzas de la destrucción.
Pero esta exigencia de inmortalidad es, de manera demasiado evidente, un producto de nuestros deseos para poder reclamar validez en la realidad: lo doloroso puede, aun así, ser verdadero. No veía cómo discutir la transitoriedad de todas las cosas, ni podía exigir una excepción en favor de lo bello y perfecto. Pero sí cuestioné la opinión del poeta pesimista de que la transitoriedad de lo bello suponga una pérdida de su valor.
¡Al contrario: lo aumenta! El valor de lo transitorio es el valor de la escasez en el tiempo. La limitación de las posibilidades de disfrutar de algo eleva el valor de ese disfrute. Me resultaba incomprensible, declaré, que pensar en la transitoriedad de la belleza pudiera interferir en nuestra alegría al contemplarla. En cuanto a la belleza de la naturaleza, cada vez que el invierno la destruye vuelve al año siguiente; por eso, en relación con la duración de nuestra vida, puede considerarse eterna. La belleza del rostro y del cuerpo humanos desaparece para siempre a lo largo de nuestra propia vida, pero su fugacidad solo les confiere un nuevo encanto. Una flor que abre durante una sola noche no nos parece menos hermosa por ello. Tampoco comprendo por qué la belleza y la perfección de una obra de arte o de una creación intelectual habrían de perder valor por su limitación temporal. Puede llegar un momento en que los cuadros y las estatuas que hoy admiramos se conviertan en polvo, o nos sucedan seres humanos que ya no comprendan las obras de nuestros poetas y pensadores, o incluso llegue una era geológica en la que cese toda vida sobre la Tierra; pero, puesto que el valor de toda esa belleza y perfección depende únicamente de su significado para nuestra propia vida emocional, no necesita sobrevivirnos y es, por tanto, independiente de una duración absoluta».
Fragmento de «Sobre la transitoriedad», de Sigmund Freud, 1915. Traducción al inglés de James Strachey.