Esta pintura evoca la esencia de una imagen arquetípica profundamente arraigada en nuestra imaginación colectiva. El árbol solitario, símbolo atemporal presente en mitos, leyendas y tradiciones populares, encarna la fuerza, la sabiduría y la independencia y une la tierra con el cielo. Al crearla quise transmitir tranquilidad, con una luz suave que irradia desde la distancia. La obra forma un tapiz de color vibrante y renovación que aporta paz y serenidad a cualquier espacio.
Esta pintura original y única está realizada con acrílicos de alta calidad sobre un lienzo circular. Comienzo observando el lugar, tomando notas y fotografías para trabajar en el estudio. A partir de ahí trabajo de forma intuitiva: aplico capas de base con pincel y después sucesivas capas de empaste con espátula. Recurro a la mezcla óptica de los impresionistas y a métodos de los antiguos maestros, como los restregados y las veladuras, y continúo hasta que la obra alcanza una conclusión natural. El resultado es una pintura contemporánea situada entre la abstracción y el realismo. La pintura se prolonga por los laterales y está firmada en un lateral; no necesita marco y está lista para colgar. Para mostrarla, se ha fotografiado sobre un fondo blanco.