Sabía que quería expresar lo que sentía ante esa maldición involuntaria llamada «creatividad». Lo digo porque me pregunto si la vida no habría sido más fácil de haber estudiado para agente de bolsa o algo parecido, en lugar de disfrutar de una formación en Bellas Artes tan enriquecedora y satisfactoria.
¡Maldita creatividad! A menos que puedas vender el resultado de tu trabajo, se interpone en la tarea de ganarse la vida. Sea mucho o poco el talento artístico de cada cual, hay algo obsesivo e ineludible en la vocación de dedicarse a las artes y tratar de expresar ideas originales.
Cuando retomé una vida vinculada a las artes visuales en 1993, hablé de cinco requisitos que había identificado para ejercer como artista. Sin ningún orden particular, eran: (i) querer hacerlo, (ii) tener tiempo para hacerlo, (iii) disponer de un lugar donde hacerlo, sea cual sea, (iv) contar con materiales con los que trabajar, sean cuales sean, y (v), lo más importante, ¡tener algo que decir! Comprender este último requisito fue una auténtica sacudida para mí. ¡Me costó mucho asimilarlo!
Sin embargo, durante los veintiún años siguientes creo que encontré algo.
Los años de 2014 a 2016 fueron un periodo de barbecho en mi vida creativa, pero en 2017 decidí emprender una pieza con varias referencias a elementos anteriores de mi práctica artística.
Cuando la di por terminada, la titulé «Los cinco pilares de la creatividad».
Empecé a convivir con lo que acababa de crear, pero al cabo de un tiempo debo reconocer que el resultado me tenía un tanto perplejo y decepcionado: una mezcla disparatada de elementos dispares, un popurrí visual. ¿Expresaba realmente lo que tenía en mente al principio? Lo único que sé es que, partiendo de unas salpicaduras de pintura en aerosol sobre una sábana vieja, me puse manos a la obra con materiales de collage, otras pinturas, madera recuperada y la mejor de las intenciones. Aun así, me parecía un desastre.
Sin embargo, había algo ahí y decidí seguir trabajando. El marco irregular resultaba demasiado restrictivo; los valores de los colores vivos, demasiado dispares; la lista de palabras en latín e inglés estaba herméticamente encerrada, sin que su naturaleza fluida tuviera autonomía para expresarse; y el elemento central, semejante a una vulva, era demasiado vulgar. En conjunto, no era una obra bien ejecutada. Desmonté la construcción y me puse a cambiar o modificar cada elemento, creando una paleta cromática más integrada y enmarcándola en un panel exterior de lienzo tensado. Había recorrido un largo camino desde el punto de partida hasta descubrir un contexto e identificar cosas en un tiempo y un espacio en los que no estamos.
Como detalle más cotidiano, esta imagen se tomó con iluminación frontal plena y sin el panel de cristal.