Partiendo de la rica complejidad de la mitología griega, «Casandra, la maravilla mística» explora el poder de la profecía y la lucha por el reconocimiento y el respeto.
Casandra, hija del rey Príamo y de la reina Hécuba de Troya, recibió de Apolo el don de la profecía. Pero cuando rechazó sus insinuaciones, él la maldijo para que nadie creyera sus predicciones. Esta trágica historia de una profetisa incomprendida, cuyas advertencias sobre la desgracia inminente fueron ignoradas con consecuencias fatales, constituye la base de la obra.
La historia que inspira la obra presenta una realidad alternativa en la que no solo se cree a Casandra, sino que se la busca por sus capacidades proféticas. Sin embargo, a esta Casandra la atormentan el dolor y el rechazo que su otro yo experimenta en una dimensión paralela. Impulsada a vengar la incredulidad y el desprecio que sufrió ese otro yo, impone visiones del futuro a quienes no las han solicitado, engañándose al creer que este acto de venganza es justo y verdadero.
La obra cuestiona el silenciamiento histórico de la voz profética de Casandra y el desprecio por la sabiduría femenina en las sociedades antiguas. Al reimaginar su historia, funciona como metáfora de las mujeres relegadas, cuyos talentos y verdades han sido ignorados. Al otorgarle a Casandra el reconocimiento que merece, ilumina la opresión sistémica de quienes viven en los márgenes y el poder de la resiliencia. Al concederle su venganza, la incómoda naturaleza de las respuestas al trauma se cuece en un crisol de humo, espejos, pociones y profecías…
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Declaración sobre la serie
En esta serie, los estereotipos con los que se ha etiquetado a las mujeres a lo largo de la historia se convierten en su mayor fortaleza. Inspirándome en las láminas de moda de los años veinte de la Gazette du Bon Ton, incorporo antiguos tópicos sobre las brujas a las enigmáticas historias de seis mujeres de la mitología griega: Tea, Casandra, Eco, Rea, Circe y Afrodita.
Al entrelazar motivos reduccionistas con la primera generación de mujeres «liberadas» de la Gazette du Bon Ton, juego con los fundamentos de la libertad y el sometimiento. La Gazette, accesible solo a quienes tenían riqueza, representaba una forma de liberación seductora pero fuera del alcance de la mayoría de las mujeres. Sin embargo, incluso aquellas que podían permitírsela eran denigradas si se atrevían a expresarse con demasiada audacia. Se topaban con un techo de cristal de juicios, e incluso de desprecio, si se salían de los límites de lo que se consideraba propio de una dama. Un arma irónica, a la vista de lo ilimitadas que han resultado las restricciones de ese comportamiento a lo largo de los años, adaptadas sin cesar por hombres y mujeres que temen, por encima de todo, a los espíritus independientes.
El juego entre moda, brujería, posesión demoníaca y sexualidad femenina de esta serie invita a reapropiarse de todos los estereotipos sexistas… una vez más, porque siguen presentes, incrustados en los objetos culturales y entretejidos como filigranas en la vigilancia social. Por eso, el punto de partida de la serie fue la trascendencia. Cada diosa y ninfa traspasa las fronteras entre el heroísmo y la villanía, porque las deidades no pueden encasillarse. Mientras tanto, los rostros implacables y los cuerpos artísticamente contorsionados de las láminas de moda siguen evocando la misma tensión entre buscar autonomía y someterse al control de las normas sociales. También evocan la paradoja de su recién adquirida liberación como figuras de moda: confeccionadas a la perfección, pero todavía cargando con la exigencia de amoldarse, aunque sea a la alta costura. Así, sus historias reflejan el carácter cíclico de la opresión que han sufrido las mujeres bajo esos gastados estereotipos de bruja, virgen, madre, puta…