En las profundidades de una catedral abandonada redescubro a Circe, la enigmática hechicera, liberada de la mitología antigua y renacida como icono hedonista de la moda. Aquí, en un paisaje ardiente de flores silvestres, Circe, la creadora de fénix, abraza su nuevo poder nigromántico e inflama el espíritu humano para convertirlo en majestuosas criaturas aladas, sometidas a su voluntad en una seductora danza entre la oscuridad y la luz.
En este paisaje de fuego levanta espíritus de las cenizas, cada uno ligado a su voluntad en una danza de luz y oscuridad. Es una danza de vida y muerte, de creación y destrucción. El hombre suspendido en plena transformación, a punto de convertirse en fénix, es una metáfora de este ciclo sin fin, un símbolo de la capacidad humana de reinventarse y redimirse.
La catedral contrasta vivamente con las raíces paganas de Circe. Lo sagrado y lo profano se funden con ironía, pues gran parte de nuestra historia monoteísta se apoya en la mitología pagana. Así, en esta catedral, entre la decadencia y lo divino, la metamorfosis de Circe puede convertirse en la nuestra.
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Declaración sobre la serie
En esta serie, los estereotipos con los que se ha etiquetado a las mujeres a lo largo de la historia se convierten en su mayor fortaleza. Inspirándome en las láminas de moda de los años veinte de la Gazette du Bon Ton, incorporo antiguos tópicos sobre las brujas a las enigmáticas historias de seis diosas y ninfas griegas: Tea, Casandra, Eco, Rea, Circe y Afrodita.
Al entrelazar motivos reduccionistas con la primera generación de mujeres «liberadas» de la Gazette du Bon Ton, juego con los fundamentos de la libertad y el sometimiento. La Gazette, accesible solo a quienes tenían riqueza, representaba una forma de liberación seductora pero fuera del alcance de la mayoría de las mujeres. Sin embargo, incluso aquellas que podían permitírsela eran denigradas si se atrevían a expresarse con demasiada audacia. Se topaban con un techo de cristal de juicios, e incluso de desprecio, si se salían de los límites de lo que se consideraba propio de una dama. Un arma irónica, a la vista de lo ilimitadas que han resultado las restricciones de ese comportamiento a lo largo de los años, adaptadas sin cesar por hombres y mujeres que temen, por encima de todo, a los espíritus independientes.
El juego entre moda, brujería, posesión demoníaca y sexualidad femenina de esta serie invita a reapropiarse de todos los estereotipos sexistas… una vez más, porque siguen presentes, incrustados en los objetos culturales y entretejidos como filigranas en la vigilancia social. Por eso, el punto de partida de la serie fue la trascendencia. Cada diosa y ninfa traspasa las fronteras entre el heroísmo y la villanía, porque las deidades no pueden encasillarse. Mientras tanto, los rostros implacables y los cuerpos artísticamente contorsionados de las láminas de moda siguen evocando la misma tensión entre buscar autonomía y someterse al control de las normas sociales. También evocan la paradoja de su recién adquirida liberación como figuras de moda: confeccionadas a la perfección, pero todavía cargando con la exigencia de amoldarse, aunque sea a la alta costura. Así, sus historias reflejan el carácter cíclico de la opresión que han sufrido las mujeres bajo esos gastados estereotipos de bruja, virgen, madre, puta…