En la inmensidad del cosmos, donde el tejido del tiempo y del espacio danza en un ballet eterno, reside Tea, la ninfa del espacio. Es un ser celestial de inmenso poder y sabiduría cuya existencia da testimonio del atractivo perdurable de la magia y la brujería. Estas fuerzas, denigradas e incomprendidas durante siglos, nunca han desaparecido del todo. Persisten y desafían con su fluidez y trascendencia las rígidas divisiones binarias de las religiones monoteístas.
La historia de Tea está profundamente arraigada en el rico entramado de la antigua mitología griega. Conocida como la titán de la vista y del éter resplandeciente del luminoso cielo azul, es un faro de luz en la vasta oscuridad del cosmos. Tea es hija de Urano y Gea, deidades primordiales del cielo y la tierra, respectivamente. Junto con su hermano y consorte, Hiperión, dio vida a Helios, dios del sol; Selene, diosa de la luna; y Eos, diosa del amanecer. Este linaje subraya su papel como progenitora de la luz, símbolo de claridad e iluminación.
La morada celestial de Tea, un palacio suspendido en el cosmos, es un santuario libre de las restricciones morales y las convenciones de un mundo de alternativas excluyentes. Aquí no está sujeta a las limitaciones de la existencia terrenal. Sus pociones y herramientas, símbolos de su poder mágico, orbitan a su alrededor, atraídas por la fuerza de su hechizo.
En el ámbito de la visión y la profecía, Tea se alza como un faro de inspiración divina. Su historia da testimonio del poder de la visión, tanto literal como metafórica. Encarna la capacidad de ver más allá de la superficie y percibir las verdades más profundas del universo.
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Declaración sobre la serie
En esta serie, los estereotipos con los que se ha etiquetado a las mujeres a lo largo de la historia se convierten en su mayor fortaleza. Inspirándome en las láminas de moda de los años veinte de la Gazette du Bon Ton, incorporo antiguos tópicos sobre las brujas a las enigmáticas historias de seis diosas y ninfas griegas: Tea, Casandra, Eco, Rea, Circe y Afrodita.
Al entrelazar motivos reduccionistas con la primera generación de mujeres «liberadas» de la Gazette du Bon Ton, juego con los fundamentos de la libertad y el sometimiento. La Gazette, accesible solo a quienes tenían riqueza, representaba una forma de liberación seductora pero fuera del alcance de la mayoría de las mujeres. Sin embargo, incluso aquellas que podían permitírsela eran denigradas si se atrevían a expresarse con demasiada audacia. Se topaban con un techo de cristal de juicios, e incluso de desprecio, si se salían de los límites de lo que se consideraba propio de una dama. Un arma irónica, a la vista de lo ilimitadas que han resultado las restricciones de ese comportamiento a lo largo de los años, adaptadas sin cesar por hombres y mujeres que temen, por encima de todo, a los espíritus independientes.
El juego entre moda, brujería, posesión demoníaca y sexualidad femenina de esta serie invita a reapropiarse de todos los estereotipos sexistas… una vez más, porque siguen presentes, incrustados en los objetos culturales y entretejidos como filigranas en la vigilancia social. Por eso, el punto de partida de la serie fue la trascendencia. Cada diosa y ninfa traspasa las fronteras entre el heroísmo y la villanía, porque las deidades no pueden encasillarse. Mientras tanto, los rostros implacables y los cuerpos artísticamente contorsionados de las láminas de moda siguen evocando la misma tensión entre buscar autonomía y someterse al control de las normas sociales. También evocan la paradoja de su recién adquirida liberación como figuras de moda: confeccionadas a la perfección, pero todavía cargando con la exigencia de amoldarse, aunque sea a la alta costura. Así, sus historias reflejan el carácter cíclico de la opresión que han sufrido las mujeres bajo esos gastados estereotipos de bruja, virgen, madre, puta…